4.09 - Barrera de idiomas
No problema
👋 Bienvenida
¡Muy buenos días!
Son las 10 de la noche del domingo en Madrid. Tengo dos cañas encima y estoy resfriado/decaído (me suele pasar cuando ya me doy cuenta que algo importante va a terminar) y muchas emociones ante el viaje que mañana llega a su fin.
Mañana a las 11 de la mañana vuelvo a Chile tras dos meses y medio de viaje personal.
Bajo el brazo, sin haberlo planeado mucho, vuelvo con mi primer libro escrito, una función de mi obra de teatro Notworking a teatro lleno en Barcelona (penúltima escala del viaje), la nueva obra de teatro perfeccionada, mucha energía positiva de haber estado con personas que quiero pero que no veo tan seguido y con el idioma italiano pulido lo más posible.
Elegí Italia porque venía estudiando el idioma hace años, porque su cultura y comida me alucina y porque había una media maratón en Nápoles con la que podía cerrar la experiencia corriendo con amigos italianos que hice 15 años atrás en un intercambio.
En esta ocasión, me quiero quedar en el tema de los idiomas.
Durante los dos meses que viví en Italia, pude poner en práctica el año de clases online esporádicas que tuve durante el 2025 y aprender a chapucear en italiano para sobrevivir. Donde iba, pedía que me hablaran en italiano porque estaba aprendiendo. Con gusto, me seguían el juego. Y fui mejorando.
Una de mis primeras conclusiones fue que no necesitamos tantas palabras para sobrevivir el día a día. Partí por pulir esas y por saber explicar quién soy (eso se ponía un poco más difícil en mi caso). Cada vez fluían más las conversaciones.
Tuve muchos chascarros de idioma. Una mañana, por ejemplo, fui a comprar guanciale a una carnicería del barrio. Atendía un viejito que no sabía nada de español o inglés. Perfecto, pensé. Traté de explicarle que no sabía cuánto guanciale necesitaba para poder hacerme una pasta carbonara. Me entendió mi intento de italiano y me felicitó. Le expliqué que estaba aprendiendo hace meses, le conté que era de Chile, que había venido para una experiencia de inmersión en el idioma, etc. Al rato, me pasó el guanciale y me preguntó si necesitaba algo más. Pecando de exceso de confianza en italiano, le dije que quería un poco de “presunto”.
Ahí le bajó de inmediato un ataque de risa. Me apuntó y me dijo: ¡Portuguese! Efectivamente, “presunto” es jamón en portugués, no en italiano. Nos reímos juntos un rato (yo con algo de vergüenza) y me fui.
Lo divertido fue que volví como dos semanas después. Bastó que entrara (sonando la campanita de la entrada de su local) y me mirara para que me saludara de brazos abiertos gritando: “¡Presunto!”.
Daba lo mismo todas las palabras que le había dicho bien. Mi apodo en el barrio ahora era “Presunto”.
Y se sentía increíble.
Tras los dos meses en Italia entiendo casi todo lo que me hablan, casi todo lo que leo y mejoré bastante lo que hablo. De hecho, dos días antes de la media maratón de Napoles salí con mis amigos y sus amigas italianas y los escuchaba hablar entre ellos entendiendo absolutamente todo y pudiendo expresarme en italiano infinitamente mejor que antes. Piropearon mi italiano. Objetivo base del viaje más que cumplido.
Pero fue en esa misma maratón que tuve otra experiencia de idiomas.
El día de la carrera, dos de los italianos despertaron tarde. Con mi otro amigo no sabíamos que hacer para despertarlos. Cuando finalmente aparecieron, corrimos a buscar un taxi porque estábamos a media hora de la carrera. Resulta que por la misma carrera, todas las calles cerca del hotel estaban cortadas.
Había que tomar el metro.
Corrimos nuevamente. Bastó que empezáramos a bajar las escaleras para toparnos con hordas de corredores yendo escalera arriba. Una corredora nos dijo “el próximo tren llegan en 20 minutos; no alcanzaremos a llegar a la carrera”.
Caos. En las calles todos corriendo buscando taxis inexistentes (Nápoles un domingo por la mañana en su mejor versión) y desesperación colectiva. Alemanes rabiando de la desorganización, mis amigos italianos angustiados de que habían viajado en vano. A mi, sólo se me revolvía la guata de nervios y trataba de pensar en la mejor opción. Me incliné por que tomáramos el metro y llegáramos tarde. Todos se atrasarían (había mucha gente en la calle con nosotros) y estábamos en Nápoles. Si había un lugar para confiar en el atraso era aquí.
Hicimos eso.
Agarramos el metro lleno de corredores. Todos serios. ¿Perderemos la carrera? ¿Nos dejarán pasar?
Tras 20 angustiosos minutos, llegamos al lado del estadio del Napoli (estadio Diego Maradona) y entramos corriendo como si fuera ya la media maratón. Mis amigos entraron a sus zonas de inicio de carrera y yo estaba en unas que salían un rato después.
Pero fue entonces que los nervios que había sentido me pasaron la cuenta. Se me revolvió el estómago. Tenía que ir al baño.
Desesperado, me fui a poner a las filas de los baños químicos.
Pasaban los minutos.
Finalmente me toca entrar.
Alivio.
Hasta que me doy cuenta que no hay confort.
Pánico.
Hago la fila de nuevo para otro baño.
No hay confort.
De nuevo.
No hay confort.
Terror.
Cuando ya le dijiste a tu cuerpo que vas al baño, no hay vuelta atrás. Menos aún en una carrera de 21 kilómetros por dos horas.
¿Qué hago ahora? Pensaba desesperado.
Peor historia de carrera el salirme a los 5 minutos por ir al baño.
Tenía que ir como sea.
Quedaban menos de 10 minutos para la largada de mi grupo de carrera.
Empecé como loco a buscar papel.
Nada.
Seguí buscando como un demente.
Hasta que a lo lejos vi una banca que tenía una bolsa de papel de McDonalds con servilletas usadas.
Mi mente racional decía: No. No puedo usar eso. Qué asco.
Mi cuerpo irracional decía: AGARRA ESOS PAPELES. AHORA.
Caminé hacia ellos tratando de pasar desapercibido.
Cuando finalmente estaba por llegar, de la nada apareció otro corredor y agarró los papeles primero.
Quedé helado.
Lo miré.
Era un corredor de Kenya (todos teníamos las banderas en nuestra papel del pecho por la carrera) y medía como 5 cabezas más que yo.
Nos estábamos mirando cara a cara.
Mentalmente fueron minutos de tensión.
De pronto, el keniano estira lentamente su mano y me entrega la mitad de las servilletas usadas del McDonalds.
Sólo puedo describir que al mirarme me hizo este gesto en cámara lenta:
Nos entendimos sin hablar.
Le devolví el gesto de “gracias, compañero” asintiendo con mi cabeza.
No había barrera de idioma.
Teníamos exactamente la misma necesidad.
Nos entendimos perfectamente.
Y mi colega keniano fue generoso conmigo.
Caminamos a la par a los baños químicos.
Unidos para siempre por la indignidad de lo que íbamos a hacer.
Durante la carrera, aliviado ya de haber cumplido el objetivo más desafiante del día, no podía parar de reírme de este encuentro sin palabras con mi único amigo de Kenya. La comunicación más esencial no necesita palabras ni idiomas.
No sé su nombre, si el papel le fue suficiente o si ganó el primer lugar. Pero sé que fue generoso con un compañero chileno en problemas. Amigo corredor, si algún día lees esta newsletter:
“Asante rafiki kwa karatasi” (gracias amigo por el papel, en suajili).*
(*gracias a escribir esto aprendí que rafiki significa amigo en suajili)
Por último, en Barcelona tuve la oportunidad de hacer la función 92 de mi obra Notworking ante casi 130 personas a teatro lleno. ¿Qué fue una de las cosas más especiales? Habían al menos 10 nacionalidades en el público (chilenos, peruanos, argentinos, italianos, españoles, catalanes, alemanes, coreanos, entre otros).
Al salir de la función, gran parte del público me espero para felicitar y me emocionó ver a tantas nacionalidades habiendo disfrutado la función y saber que la obra es entendible de una forma tan universal. Entre todos, las que más me sorprendieron fueron dos programadoras alemanas que no hablaban casi ni una palabra de español y me dijeron que habían entendido y sentido todo simplemente desde los gestos y la actuación física. Escuchar eso me hizo automáticamente sentir el deber de ahora en adelante de seguir mejorando mi expresividad física para volver a lograr eso.
El día tras la obra quedé prácticamente demolido. Había corrido la media maratón 3 días antes y la obra es como un deporte adicional muy exigente. Con dos meses sin hacer la obra, puse toda mi alma en la función y pagué el precio los días siguientes. Espero que se considere deporte algún día el correr una maratón y después hacer teatro. Propongo que se llame Teatlón.
En fin. Ahora son las 11 de la noche y creo que sigo escribiendo sólo porque no quiero que este viaje extraordinario acabe. Pero tengo que poder cerrarlo, agradecerlo por cuánto me descansó, enseñó, inspiró y motivó y llevar todo eso al siguiente capítulo que es de vuelta en mi hogar.
Bilbo Baggins vuelve a su librero tras una gran aventura.
Fue un viaje sin palabras, así que da lo mismo el idioma.
¿List@ para partir? ¡Manos a la obra!
💬 Reflexión - Jugar más juegos.
Cada vez que lo paso increíble jugando un juego de mesa con amigos o familia, termino inevitablemente preguntándome “¿por qué no juego más?”.
Jugar es una excusa perfecta para enfrentarnos a obstáculos que, objetivamente, no necesitamos superar y aun así decidimos hacerlo. Hay algo especial en aceptar una regla arbitraria, entrar a un tablero, a una cancha o a una dinámica y decir: voy a intentarlo. Como decía una frase de Bernard Suits que leí esta semana: “jugar es el intento voluntario de superar obstáculos innecesarios”.
Además, jugar nos permite compartir con otros siendo nosotros mismos y quitando mucha presión de encima. Todos entramos a un juego con las mismas reglas, se sabe que se puede ganar o perder (y que no hay consecuencias mayores, se puede volver a jugar). Empiezas a conocer tu forma de competir, de trabajar en equipo, si eres tramposo o no, etc. A mi me encanta ser el que lee y explica las instrucciones, un rol pocas veces querido. En un juego se ve tu carácter con una claridad impresionante: cómo reaccionas al fracaso, cómo lideras, si escuchas, si te frustras, si perseveras. Es un laboratorio portátil de personalidad y de superación de obstáculos sin riesgos mayores. Creo que vale la pena jugar más.
¿Alguien quiere juntarse a jugar conmigo?
🔧 Herramienta - Aflojar.
Leyendo la newsletter de Austin Kleon llegué a este texto de Oliver Bukerman (autor de los excelentes libros “4.000 semanas” y “Meditaciones para mortales”) sobre el concepto de “AFLOJAR”. Lo encontré tan verdadero, valioso y accionable que quise transcribirlo y compartirlo contigo aquí:
“Una y otra vez, en el trabajo creativo y en la vida en general, descubro que lo que me destraba es un “movimiento” psicológico, un cambio de orientación, que solo he podido describir con la palabra aflojar. Puede que no sea la palabra más afortunada, pero en fin. Parece ser que mi respuesta automática ante la incertidumbre, la sobrecarga u otras dificultades es tensarme para mantenerlas a raya. Y eso, en realidad, solo conduce a la parálisis y a una sensación de esterilidad. Es al soltar y “desacalambarme” en medio de la dificultad cuando la acción vuelve a fluir, cuando el trabajo que estoy creando cobra energía, o cuando los problemas empiezan a resolverse de maneras inesperadas.
Uso “aflojar” en sentido metafórico, aunque también literal. Es increíble lo fácilmente que, sin darme cuenta, aprieto la mandíbula, los puños o los músculos de la frente al enfrentar un desafío puramente mental que no puede beneficiarse en absoluto de esa preparación física. Y siempre, en esos casos, es el acto físico de aflojar lo que empieza a liberar las cosas para que vuelvan a moverse. (Sé que hay quienes sostienen que la idea budista de “deseo” o “apego” podría traducirse mejor como “aferrarse con tensión”, lo que la convertiría en la causa última de casi todo el sufrimiento.)
En el fondo, el impulso de tensarse parece venir del deseo de generar una sensación interna de control. Tiene lógica, porque contraer un músculo es ejercer y experimentar control sobre él. El problema es que aquello que intentas controlar de ese modo, es decir, la realidad, rara vez coopera. En cambio, el intento de mantener el mundo a distancia, cuando en verdad eres parte de esa misma realidad y no puedes separarte de ella, produce toda clase de enredos psicológicos, exceso de autoconciencia y bloqueos para actuar.
En resumen: creo que “¡Afloja!” podría ser un muy buen mantra para entrar en 2026. Y pido disculpas por las imágenes un poco incómodas que la palabra probablemente haya provocado en tu mente.”
🎥 Video - Motivación de camarín.
En la película “Any Given Sunday”, Al Pacino se manda uno de los grandes monólogos motivacionales de la historia del cine. Cada tanto tiempo vuelvo a verlo, tanto por la actuación como por la motivación que me da.
Recordatorio: Ese centímetro de diferencia entre ganar y perder es increíblemente poderoso.
🎥 Video - Cómo no tomarte las cosas personal.
Basándose en su experiencia personal como árbitro de fútbol, Frederik Imbo ofrece dos estrategias para gestionar las reacciones frente a las acciones de los demás y no tomarte las cosas personal.
Creo que un árbitro es la profesión con mayor autoridad para dar consejos sobre este tema.
Esta charla TED (una de las más vistas de los últimos años) explora el efectivo entrenamiento mental que esto implica y te enseña cómo cambiar de perspectiva y manejar las inseguridades personales ante el desafío.
✍🏻 Cita para reflexionar.
“Tensión es quien crees que deberías ser.
Relajación es quien eres.”
— Dicho budista
¡Que tengas una semana extraordinaria!
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